La dicha de ser papá

por el 23/02/15 at 7:36 am

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Pasa el tiempo y nos despedimos de ese niño que una vez fuimos. Nos despedimos con cada promesa rota, con cada cielo nublado, con cada burla y trago amargo, hasta que el niño se nubla en la memoria y se pierde en la imperdonable espiral del tiempo. La vida se va deshojando como un árbol otoñal, la corteza endureciéndose, las raíces tocando el fondo de sus límites impuestos. Y es entonces cuando entramos a la adultez, esa condición mecánica, rancia, preconcebida, diseñada para calcificar la espontaneidad, para deshacer la sorpresa, para filtrar lo que queremos y no queremos hasta que de tanto no querer dejamos fuera el alma, velándonos desde la distancia, presenciando el desenlace de nuestra propia implosión.

La vida se contrae, se hace más densa, y justo cuando el horizonte parece no prometer más nada, cuando llegamos a creer que la marea no devengará en nosotros más tesoros, nos volvemos padres. Desde que presenciamos el parto, el dolor de esa madre siendo transmitido en cada expresión, en cada apretón de manos, en cada gemido que atraviesa los oídos como filosos cuchillos implorando piedad, la costra que habíamos creado comienza nuevamente a disolverse. Y comenzamos a dividirnos, a separarnos con el terremoto de la paternidad para volvernos dos, o tres, o muchos, hasta que el hombre en vez de ser isla se convierte en continente, un múltiplo de sí mismo, y el amor, la fina textura que lo mantiene unido.

Y es allí donde entra Aarón, mi hijo. Lo puedo escuchar envolviéndose en un grito que sacude la casa. Brinca, libera su risa corpórea que llena mis ojos de viveza, y me hala por el brazo. Papi, bailá, bailá dice, y tomo sus dos bracitos que me buscan entre el alboroto y brincamos dando vueltas hasta que el aliento me aprieta la garganta y no me deja respirar. Aarón es dos años de aventura, veintiséis meses de volver a mi infancia, gateando por callejones  donde se escucha una voz que dice señor, baje de ahí, que no se permiten adultos; pero yo me hago el sordo y le caigo atrás a ese relámpago que ya me lleva la milla, y que ahora me espera en una piscina de bolas plásticas diciendo papito ven, ven papito, y me lanzo despavorido hasta que me vuelvo un cuerpo de veintinueve años con unos ojos que confiesan tengo cinco, y la tarde se va, se escapa como si cayéramos cuesta abajo por una ladera de globos inflados, vejigas con forma de Mickey Mouse y una sensación de libertad en la boca del estómago.

 Y después de Aarón entra Amaya, mi hija. Su presencia es delicada, como las plumas de una avecilla que se alinea con el viento. Con solo cuatro meses, es capaz de hacer sentir amado a todo el que la toma entre sus brazos, sus ojos sirviendo de puente a un amor imponderable, capaz de ser transmitido solo por aquellos que tienen poco tiempo en esta tierra. A pesar de su delicado semblante, Amaya es fuerte, una pequeña guerrera que aguanta las torpes caricias de su hermano con determinación y valentía.  Estar con ella es como estar en el fondo de un lago muy quieto, donde una suave corriente nos acurruca en un dulce apretón.

Aarón y Amaya son el puente que cruzan mis años y me devuelven al inicio, donde yo siempre fui ellos, y ellos, los milagros que me devolverían a mi mismo; a ese niño que dejé atrás y que ahora ha renacido, que cabalga en este cuerpo de casi treinta años, pero que anclado a sus voces, a sus pequeños semblantes y a sus miradas compasivas, puede regresar a esa primicia y ser feliz.

Y detrás de estos retoños está Lilian, mi esposa. Ella es la primavera, la tierra oscura que ha revivido el árbol, colmándolo de frutas donde se escriben mil historias, mil amaneceres, mil noches donde la fina textura del amor se convierte en una gruesa matriz rebosada de vida. Ella es ese sol que nos ilumina, la estrella que yace detrás de la palabra hogar, que brilla desde el centro de la palabra familia, sustentando con su amor este linaje de pequeños hombres y mujeres que sin ella, no pudieran decir existo.

Y es entonces cuando la adultez se redimensiona, comienza nuevamente a expandirse, a desplegar sus alas para volver a volar y acortar las distancias que nos mantuvieron alejados de nuestra pureza, de esa frágil inocencia que habíamos dejado atrás. El tiempo deja de ser tortura para volverse un deja-vu colmado de esperanzas,  un mecanismo que nos ayuda a regresar a los senderos iluminados que una vez recorrimos para mirarnos en esos lienzos ahora desplegados en exuberancias llamadas hijos. Y un día, mientras nos miramos al espejo, distinguiendo las ojeras subrayándonos el rostro, esas canas que comienzan a brotar de nuestras cabezas encendidas, una sonrisa surge de entre las malas noches y el cansancio, el sacrificio y la constante abnegación, y sabiendo lo mucho que todavía nos falta para llegar a la meta, respiramos hondo y decimos hacia nuestros adentros: ¡que bueno es ser papá!

2 Responses to “La dicha de ser papá”

  1. Peñita

    Feb 24th, 2015

    Waooo que bello, yo tengo la dicha de ser la reyna de la casa, la madre de Anthony y de gael, dos amores totalmente diferente, como le digo siemprer, un pequeñito y otro un chin mas grande, un blanquito y un morento, uno inquieto el otro mas tranquilo, pero con sus diferencias llenan mis dias de amor , de dicha de felicidad.

  2. Maria Alina Moncada

    Feb 24th, 2015

    Alan q hermoso artículo. Eres un padre amoroso, dichosos tus hijos y esposa! Mis hijas también tienen un padre así y yo un gran esposo! Te felicito!!!

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